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¿Quien soy y a donde voy? (un intento de diario)

Querido diario, de este editor. Primera página. Supongo que esto es empezar a darse a conocer, aunque sea ante el papel. Frente a mí, como un recordatorio constante, casi un manifiesto personal, están los cuatro cuadros que enmarcan mi forma de estar en el mundo, un poema que me encontró cuando yo más lo necesitaba: "Yo no vivo, yo ardo". "Yo no lloro, yo lluevo". "Yo no escribo, yo destilo". "Y así, todo el tiempo". 

 

Mamá siempre le cuenta a todo el mundo esa historia de cómo se dio cuenta, desde muy temprano, de mi amor por los libros, la música, la fotografía. Nunca me imaginaron haciendo esto y está bien, de por sí yo nací para incomodar. No fue, sino hasta hace poco, que lo entendí. Traté de guardarme en lo canónico tanto tiempo y aún hay una burbuja grande por reventar y enfrentar, pero para eso está esta profesión. Siendo hijo único, supongo que esos mundos se convirtieron en mis hermanos, mis confidentes. Vivir entre ellos y, al mismo tiempo, ser arrancado cada fin de semana de la ciudad para sumergirme en el campo, creó una dualidad que todavía corre por mis venas. Es curioso, ahora que lo pienso, cómo terminé abrazando dos caminos que reflejan esa tensión: el editorial y el audiovisual. Incluso mi propia identidad parece danzar en esa línea divisoria, un pie en el mundo editorial, otro en el audiovisual, como si buscara el punto de fuga perfecto en un encuadre. Uno donde reina la paz aparente, la libertad creativa silenciosa del texto y la imagen fija. Otro donde el caos, la velocidad de la cotidianidad, la crudeza de la ciudad, se vuelven protagonistas en cada proyecto. 

 

Empecemos por el principio, por el fuego. "Yo no vivo, yo ardo". Para mí, vivir no es simplemente transcurrir, es sentir con una intensidad que a veces quema. El amor, las pasiones, incluso las tristezas, son llamas. Las emociones pueden ser fugaces, sí, como una cerilla que se enciende y se apaga, pero el sentimiento que dejan, la marca, esa es profunda, como un rescoldo que permanece. Lo veo todo en rojos y naranjas intensos, melodía que te recorre el cuerpo entero, es mi propia percepción del mundo y mi amor por la vida tan intenso. Cuando edito una escena, cuando escojo una portada, pienso en esa paleta emocional: ¿qué fuego quiero encender en el otro? ¿Qué perspectiva le doy a esta llama? Es un fuego que me atraviesa constantemente, una lucha interna a veces, una energía vital otras. Hay una semilla sembrada en mí que espera evolucionar para ser un tejedor de mundos, un editor que aún juega a reordenar los elementos para encontrar la historia más potente.

 

Luego viene el agua. "Yo no lloro, yo lluevo". Quizás por esa misma intensidad, la sensibilidad es un manto pesado, constante. Siento que mi aura, es de un color azul profundo. Casi puedo verlo tiñendo lo que me rodea en ciertos momentos. Dentro de mí, siempre ha llovido. No son estallidos de llanto, es una llovizna persistente, a veces tormenta, estragos internos. Reconocerme como soy, como hombre gay, luchar contra años de silencio autoimpuesto, contra mis propios cuestionamientos sobre la masculinidad que se esperaba de mí. Las series de televisión se convirtieron en un extraño manual de instrucciones, un intento fallido de descifrar códigos que nunca terminaron de encajar. Repetía una y otra vez el mismo canal, buscando respuestas en personajes que, en retrospectiva, ofrecían una visión muy limitada de la masculinidad. Quizás por eso ahora me atraen tanto las narrativas que rompen moldes, que exploran la fluidez y la complejidad del ser. Es curioso cómo la crianza moldea. Una madre que vive en el silencio musical y un padre que respira melodías. Yo, en el medio, absorbí el ritmo, la estructura, la capacidad de una canción para contar una historia concisa y emotiva. Quizás esa sea la base de mi fascinación por la edición: encontrar el ritmo perfecto en un texto, la secuencia que resuena. Todo eso ha alimentado mi lluvia interna.  El reto siempre ha sido ese: cómo de esa inquietud, pueden surgir ideas, chispazos creativos. O a veces, que la inspiración me llegue de la forma más inesperada: soñando despierto en el transporte público, una canción de un musical desatando una cascada de imágenes, coreografías imaginarias desarrollándose en el espacio, la lente de una cámara moviéndose en mi mente, buscando el encuadre perfecto, de la misma forma en que visualizo la disposición de una ilustración en una página.

 

Y entonces, la alquimia. "Yo no escribo, yo destilo". Tengo una pasión casi física por las historias. Por los sentimientos que evocan, por ese nudo que se forma en la garganta ante una frase perfecta, una imagen poderosa, una melodía que desarma, solo pienso en un color dorado. Soy editor, pero también soy escritor. En cada pieza que leo, escucho o veo, mi mente no para: imagina versiones alternativas, se enamora perdidamente de personajes, reconstruye escenas. 'Destilar' tiene más sentido porque siento que tomo la esencia de la vida, de las emociones, de las experiencias (propias y ajenas) y las convierto en algo más concentrado, más puro. Es una extensión de la vida misma. En lo editorial, siento una libertad creativa embriagadora. Cada proyecto es un lienzo en blanco, una oportunidad para pensar los contenidos como si fueran planos cinematográficos. ¿Qué ángulo ofrece la perspectiva más impactante? ¿Cómo se ensamblan las escenas para crear una secuencia coherente y emocionante? Mi mente salta constantemente entre la sintaxis de una frase y la composición de un encuadre. Luego está mi faceta de escritor. ¡Qué paradoja! Ser el creador y el crítico de mis propias palabras. Es como ser actor y director de la misma obra, tratando de desdoblarme para ver la historia con ojos frescos. Y ni hablar de la experiencia de dirigir mi propio cortometraje: la visión solitaria del escritor chocando con la realidad colaborativa de un equipo. Poner de acuerdo a todos es un arte en sí mismo, una negociación constante entre la idea original y las posibilidades concretas.

 

Escribir, crear, destilar. Es la única forma en que a veces siento que puedo anclarme a este mundo terrenal, que a menudo se me escapa. Pero donde realmente arde mi pasión es en el universo infantil. Esa etapa crucial, tan llena de descubrimientos y también de profundas heridas. Mi propia infancia me llevó a cuestionamientos dolorosos, a sentirme fuera de lugar. Por eso, me obsesiona pensar la niñez desde lugares distintos, ofreciendo representaciones diversas que validen todas las experiencias. Las etiquetas me incomodan, pero cada novela en la que los personajes aman sin restricciones, en la que la diversidad florece, me llena de una alegría casi física. Mi tesis fue un intento de aportar mi grano de arena, de entender la urgencia de la representación LGTB en la literatura infantil. Es un territorio que aún estoy explorando, aprendiendo, pero con una convicción profunda en su importancia. En la poesía y en la imagen, he encontrado un espacio en el que se puede tejer conciencia, hilar relatos que creen diálogo, que acompañen. Eso son los libros para mí: compañía, diálogo, refugio. 

 

Una cosa que nunca me agradó fue la fragmentación de roles, de ningún sentido, ahora hablo desde lo profesional. En el audiovisual, por ejemplo, la producción y la dirección muchas veces terminaban en mis manos no por vocación inicial, sino porque nadie más quería lidiar con el caos. Y aunque las trasnochadas y la angustia por el tiempo (un fantasma que aún me persigue en lo editorial) eran moneda corriente, la verdad es que la idea de construir el relato completo, desde la concepción hasta la ejecución, siempre me sedujo. El diseño sonoro, en particular, siempre ha sido un elemento fundamental en mi vida. Leo textos con una orquesta imaginaria de fondo, escribo inmerso en melodías que alimentan las palabras. Sueño con algún día incursionar en el teatro musical, porque esa facilidad casi automática para memorizar diálogos y canciones de películas siempre me ha parecido una señal. De alguna manera, esa conexión profunda con el ritmo y la melodía también me ha convertido en un director deseoso de ver mis historias cobrar vida, un escritor que se apasiona por la potencia de las palabras y cómo estas, impulsadas por una visión y un sonido, pueden alcanzar nuevas dimensiones.

 

Como editor, sé que este camino no es sencillo, pero ¿acaso alguno de los que he elegido lo es? Supongo que mi brújula apunta hacia el arte, hacia la constante reinvención y, en última instancia, hacia la felicidad. Prefiero refugiarme en espacios solitarios para escribir y crear, acostumbrado al silencio como un lienzo en blanco donde el sonido, cuando irrumpe, adquiere una fuerza ensordecedora. Es esa dualidad constante, esa coexistencia de opuestos dentro de mí, lo que me impulsa a ser un profesional cada vez mejor. La música no es solo un acompañamiento; es un nutriente esencial en mi proceso creativo, una respuesta a mi hambre constante de contenido. Incluso la escritura de textos investigativos a veces se convierte en un juego fascinante, una oportunidad para dar voz a otras mentes inquietas que se han hecho las mismas preguntas que yo, una forma de poner a prueba mis propias convicciones.

 

Finalmente, el ritmo. "Y así, todo el tiempo". Suena a rutina, ¿verdad? A monotonía. Pero para mí, es la cantidad de colores que nos rodean, lo crudo, es la estructura que lo sostiene todo. Es responsabilidad, es claridad, es el compás que me permite navegar la intensidad del ardor y la profundidad de la lluvia. Sin esta cadencia autoimpuesta, no podría editar las historias de otros ni organizar las mías propias en guiones, poemas, relatos o imágenes. Cada cosa la vivo y la siento con esa fuerza que describo, sí, pero este "así, todo el tiempo" es el recordatorio de la disciplina necesaria. No pretendo ser prepotente con esta forma de sentir; al contrario, a veces me siento sumergido por una avalancha de empatía que me impide verme como 'mejor' que nadie. Simplemente, es mejor ser. Ser y ya. 

 

Ahora que lo pienso, la edición parece un destino inevitable, algo para lo que quizás nací. Pero a los veintidós años, a veces lo que uno necesita es ser feliz, libre, confundido y solo (y sí, ser Swiftie tiene algo que ver con ese sentimiento). Quizás por eso me siento naturalmente atraído por personas con esa habilidad mágica para contar historias a través de cualquier medio posible. Enamorarse de un narrador, en todas sus formas, tiene un cierto sentido poético. Así que aquí sigo, navegando entre la quietud y el estruendo, entre la página y la pantalla, con la firme convicción de que el arte, en todas sus manifestaciones, es el único camino que realmente vale la pena recorrer. Soy, quizás, un poeta torturado en busca de armonía. Quiero encontrar mi lugar en el mundo sin silenciar a nadie, sin imponer mi verdad. Y ahora, no me imagino editando algo que no haga a mi corazón brincar de emoción, algo que no encienda ese brillo azul en mi aura. Necesita valer la pena hablar de ello, aunque siempre haya sido mejor escuchando. Sobre todo, anhelo que cada proyecto me haga parte de sí mismo, de la misma manera en que deseo que el resto del mundo interactúe libremente con él, que lo haga suyo de la forma que le plazca. Este soy yo como editor: un buscador constante de esa conexión visceral, de esa chispa que enciende la historia y la hace resonar en el alma.

 

Bueno, diario. Supongo que esto es un comienzo. Una primera destilación de quién soy. A ver qué más surge en estas páginas. Prometo no aburrirte.

Referentes

Yo no vivo, yo ardo
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Yo no lloro, yo lluevo
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Yo no escribo, yo destilo
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Y así, todo el tiempo
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